5 ideas políticamente incorrectas sobre el emprendimiento para jóvenes

Emprendimiento y juventud son dos términos que suelen ir en tándem cuando aparecen en los medios de comunicación. Pese a que el emprendedor tipo en España cuenta con 36 años, constantemente leemos, oímos y vemos noticias en las que el cliché del joven talentoso que monta una startup se repite una y otra vez. De hecho, cuanto más temprana sea la edad de los fundadores parece que mayor valor e importancia se le da a un proyecto.

Cada vez surgen más iniciativas que llevan el espíritu emprendedor a las universidades y es algo que me parece perfecto, porque para que el ecosistema avance y se retroalimente es necesaria una conexión y colaboración constante entre organismos públicos, universidades y empresas privadas. ¿Emprendimiento para jóvenes? ¿Fundadores de startups que se transforman en ello mientras acaban sus carreras? Por supuesto que sí, pero no como una obligación para los estudiantes o la única salida factible para el futuro de estos profesionales que aún están a medio cocer. Hoy en el blog quiero ir contracorriente y analizar las razones por las que el emprendimiento para jóvenes no siempre es la bicoca que nos quieren hacer creer.

  1. De la cafetería de la facultad al I´m CEO, Bitch!.- ¿Cómo es de saludable que un chaval que acaba de iniciar la veintena pase del maremágnum de apuntes, clases, profesores, novatadas, fiestas de colegio mayor, etc. a ser el consejero delegado de una empresa y tener bajo su mando a otros trabajadores? ¿Está preparado para ello pese a que le hayan formado en algún programa para emprendedores universitarios? ¿Tiene la madurez suficiente? Es probable que no.
  2. La experiencia es un grado, pero no universitario.- Como decíamos, muchos jóvenes pasan de la universidad a fundar sus propias compañías, o al menos ese es el modelo que se está proponiendo desde la Administración y algunos centros universitarios. En ningún momento trabajan por cuenta ajena o para otros antes de dar el salto. No pasan por el mundo de la empresa y solo viven desde sus comienzos laborales ese universo inflado de rondas, valoraciones desorbitadas, grandes propósitos, pomposas tecnologías etc. Por lo tanto, es difícil que sepan cómo es tener un jefe, cumplir unos objetivos, respetar un horario, seguir unas normas o lidiar con clientes. Todos los trabajos, por precarios que sean, nos enseñan algo que nos será valioso para el futuro. Aunque solo sea humildad o la certeza de que el dinero no cae de los árboles.
  3. Muchos conocimientos de negocios, pero poca inteligencia emocional.- Los programas de emprendimiento que se dan en las facultades replican el modelo imperante e instruyen a los chicos en cómo hacer un buen elevator pitch frente a inversores, cómo elaborar un plan de negocio, como redactar un pacto de socios, cómo realizar ventas, técnicas de marketing online, consejos para cerrar una ronda de financiación, SEO, estrategia en redes sociales, etc. Se producen como churros empresarios que mirarán por la rentabilidad y el dinero, pero se olvida ‘hornear’ a personas ricas en inteligencia emocional. También se les debería enseñar a comunicarse de manera asertiva, validar a la plantilla, escuchar y motivar al equipo y desarrollar la empatía.
  4. Rabietas enrabietadas.- Un fundador sin una carrera profesional en su bagaje probablemente no haya caído o tropezado y no será consciente de que hay muchas cosas que tardarán en salir adelante o, sencillamente, no saldrán nunca. Para que algo funcione bien suele costar mucho esfuerzo y trabajo y aún así, también hace falta suerte. El millennial se ha criado en la inmediatez, lo quiere todo aquí y ahora y cuenta con muy baja tolerancia a la frustración. Cuando no consigue lo que quiere puede enfadarse y comportarse de manera un poco infantil.
  5. La mejor propina de sus vidas.- Cuando a un emprendedor de veintipocos años le das cientos de miles de euros a través de una inyección de capital, la tentación puede ser muy grande. Cada vez con mayor frecuencia salen a la luz fundadores que, válgame la redundancia, se han fundido gran parte del dinero de los inversores en comprarse teléfonos caros, ropa, fiestas o viajes con todos los gastos pagados. Es complicado pedirle a quien ha vivido los últimos años racaneando cada euro para pagar fotocopias que sea estricto con los gastos de tesorería y predique con la austeridad. Es como si de repente alguien les hubiera multiplicado esa paga que les daban sus padres por 1.000.

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