¿Por qué las inversiones de impacto son la clave para el progreso?

De sobra es sabido que el crack financiero de 2008 -del que todavía nos estamos recuperando-, puso de manifiesto la necesidad de un esfuerzo común para alcanzar un modelo económico más sostenible. En eso, quién más, quién menos, la mayoría estamos de acuerdo ¿no?

Pues bien, a esa necesidad de aplicar la ética a las finanzas sumémosle el enorme potencial que tiene el sector privado para  hace frente a los retos a los que se enfrenta la sociedad global, asumiendo que (me disculpen los más apasionados estatistas) son demasiado complejos como para que los gobiernos u organizaciones no gubernamentales sean capaces de resolverlos por si solos. ¿El resultado? Las inversiones de impacto, o lo que es lo mismo, el primer peldaño del cambio de paradigma que tanto ansiamos.

No se trata, aunque el modus operandi sea similar, de filantropía. Para que nos hagamos una idea, los fondos filantrópicos globales, combinados incluso con los presupuestos de ayuda al  desarrollo o de ayudas gubernamentales de todo el mundo suman miles de millones de dólares. Sin embargo, por poner un ejemplo, sólo el déficit de financiación anual necesaria para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en los países en desarrollo se estima en 2.500 millones. Pero, ojo, no sólo los países emergentes o en vías de desarrollo necesitan al capital privado como motor para afrontar nuevos – y viejos- retos. También los países denominados “ricos” necesitan de estas inversiones. La pobreza, el cambio climático, el desempleo o la delincuencia nos afectan a todos.

El concepto es simple: Se trata de inversiones que se dirigen expresamente a iniciativas capaces de producir un cambio en la sociedad, siempre buscando el retorno financiero. Su capacidad es inmensa. Lo más importante de este cambio de mentalidad, es que incluye una tercera dimensión en la ecuación de los inversores. Ya no sólo es el riesgo y el retorno. También cuenta el impacto. El ámbito social.

Sin duda, el lema doing good doing well cada vez gana más adeptos. Cameron lo utilizó como emblema durante su presidencia del G8  en 2013 (en esto los países anglosajones nos llevan bastante ventaja) y hasta el Papá Francisco ha citado este modelo recientemente en uno de sus discursos. El pragmatismo se une a la buena voluntad. Si el Papa no les sirve como gurú económico (obviamente no les sirve) también la revista Forbes prevé que estas inversiones lleguen al boom que en su día alcanzó el capital riesgo. Además, a nivel mundial se ha producido un rápido aumento en el número de empresarios que buscan encontrar formas innovadoras para resolver problemas reales. Las inversiones han crecido un 12% en el último año.

Todo esto está muy bien, pero no es suficiente. Se necesitan menos palabras y más acción. Se necesitan más ideas inspiradoras, más riesgo. Necesitamos mejores datos sobre los rendimientos financieros; mejores historias que inspiran a los inversores y empresarios; y más claridad. Más claridad en torno al concepto “impacto”. Y también, tal como vienen reclamando distintas instituciones, hay que crear un marco específico para estas inversiones. Y a esto me sumo y me permito añadir, que hay que contar más apoyo de los gobiernos, o al menos, con ningún obstáculo.

En nuestro país, que tiene una historia de filantropía relativamente corta, la idea atrae y cada vez más, pero hay mucho margen de mejora. Faltan incentivos. Falta contar con una estrategia colectiva para consolidarla. Un marco regulatorio. Falta formación, faltan intermediarios. La estrategia debe ser inclusiva; bancos de desarrollo, fundaciones, instituciones, empresas, Organizaciones no Gubernamentales, pequeños empresarios y grandes fortunas forman parte del juego. Sólo así podemos alcanzar al cambio de paradigma y demostrar que hemos aprendido la lección tras la crisis. Sólo así podremos hacer del mundo un lugar mejor o al menos, no empeorarlo demasiado.

Inversión de impacto

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