Oda al teletrabajo (y a otras formas de autoempleo que pegan con fuerza)

¡Bienvenidos a la era del teletrabajo! Digan hola al autoempleo. Trabajen desde casa. Se acabaron las corbatas, los gemelos, los taconazos. Muchos dicen adiós al compañero plasta, al café aguado de máquina. Los atascos, la gasolina, el metro en hora punta desaparecen de un plumazo. El trabajador ha pasado ser  nómada, desde cualquier parte del mundo presenta sus proyectos en una o varias empresas, a golpe de clic, sin estar necesariamente atado. ¿O deberíamos decir sedentario, ya que puede hacerlo todo sin moverse de su salón? Ay, los entresijos de las nuevas modalidades de trabajo.

Que uno se levanta, se hace unas tostadas y ya está en su despacho. Que hay muchas ventajas, la principal, la conciliación de la vida familiar y laboral, pero también algún inconveniente. Que si la tele de fondo, la vecina pidiendo sal, telefonillo, ¡el cartero comercial!, testigos de jehová –no mire, no me interesa, estoy trabajando– ¡Ah! Que trabajas desde casa, dirán los amigos emocionados, ¡Qué suerte, que comodidad! ¡Trabajas en pijama y a tu aire! Bueno, no es exactamente así, a veces, trabajo más horas, de las necesarias, responderá, seguro, más de uno. Porque cuando no estamos sujetos a horarios cuesta hacer un punto y aparte. No es fácil desconectar. Sí, es cierto, el empleado decide cuando, cuanto y donde trabajar. El cuanto reside en la autodisciplina. El cuando y donde dependen de otros factores.

Entonces, para muchos será mejor bajar a trabajar al bar, pero igual: que si el ruido de la máquina tragaperras, las conversaciones de barra, el oído cocina, o el wifi que viene y va. Y si, uno se pone y se concentra, pero hay que echarle mucha inspiración y, aunque los empleados sean genios, un ambiente de distracción no ayuda. Y ahí, en ese –que me ha surgido una idea, que café cortado o con leche- aparecen los centros de coworking. Es un concepto anglosajón, pero resulta que somos el tercer país con más locales de este tipo en Europa.

La idea es sencilla, y bastante práctica, lugares donde los que no tienen, ni quieren una oficina se unen en su individualidad, se sienten acompañados y en un ambiente inspirador. Todos tienen que trabajar, son freelances o autónomos en su mayoría, les pagan por pieza o por proyecto. O son emprendedores y están sacando adelante su idea. O están escribiendo una novela. Todos ellos saben que compartir y colaborar puede facilitar la creatividad y la innovación en el puesto de trabajo. Suelen pagar una pequeña cuota y comparten recursos y espacio. Además, no  es mal sitio para el networking. Incluso, a veces, apetece darse una vuelta por allí sólo para conocer gente interesante. Hay muchísimo talento.

La cosa no acaba ahí, aunque tengamos ya nuestro lugar de trabajo establecido, no podemos quedarnos estáticos. Hay que seguir creciendo. ¡Qué lata! Lo que buscan las empresas (o lo que puede reportarnos más beneficios a la hora de vender nuestro proyecto), son jóvenes globalizados: Young Globalists es el término. Personas flexibles, que tengan experiencia internacional, alta movilidad y hayan logrado competencias interculturales. Para mí, son los futuros directivos. La clave es que utilizan todas las herramientas a su alcance para acceder al mundo globalizado. Lo importante ya no es las horas que le echen, lo que se busca cada vez más es ese valor tan codiciado, ese que se encuentra entre la eficiencia y la efectividad: la productividad.

Y una vez contamos con las cualidades idóneas puede que nos venga bien la modalidad del trabajo por tiempo parcial, idea que, por cierto, gana cada vez más adeptos. Se trata de profesionales que aportan su experiencia y su conocimiento profesional a nuevos proyectos. Trabajan, una vez más, de acuerdo a la productividad, son más flexibles en su relación con sus tareas, y ofrecen un servicio de mucha calidad. Estos trabajadores pueden formar parte del núcleo principal de una compañía o pueden ofrecer servicios dentro de empresas especializadas subcontratadas que hacen outsourcing, dentro o fuera de nuestras fronteras.

Porque en pleno siglo XXI ya a nadie le extraña que un compañero se encuentre en Pekín comunicándose con su empresa en Bilbao, sin más problema que el de la diferencia horaria. Y probablemente ese compañero sea una parte fundamental del equipo, incluso aunque se denomine como colaborador externo. Tanto como el que se tira  sus ocho horas reglamentarias sin moverse del asiento.

Tenemos que empezar a ver esto con normalidad, ya que vamos hacia esa dirección. Adaptarse y coordinar las distintas modalidades de trabajo y los distintos perfiles en armonía es clave. Y nosotros, los empresarios, también tenemos que ponernos las pilas. Sin ninguna duda, todos esto cambios, influirán -o ya influyen- en la gestión de las compañías, las fórmulas de retribución y de captación de gestión del talento de los empleados.

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