Costes ecológicos y fiscalidad medioambiental: ¿quién paga?

Hace unos días el Banco de España ha presentado su informe anual en el que apuesta por aumentar el peso relativo de la imposición indirecta –IVA, los Impuestos Especiales y fiscalidad medioambiental. Mucho se podría decir acerca de la necesidad o no de subir  los dos primeros impuestos, pero está vez voy a hablar del último. Es clave. Me llama la atención que pasa bastante desapercibido aún a pesar de haber ganado algo de importancia en la presente situación de crisis.

Curiosamente, a la larga- y no a la larga- el impuesto sobre medio ambiente es fundamental para todos nosotros. No por la recaudación, que va. Eso es lo de menos. Más bien, es importante para cambiar conductas. Es sabido que nuestro sistema de consumo provoca sobre el entorno natural un impacto negativo encaminado hacia un deterioro y desequilibrio ecológico que, de no tomar las debidas medidas a tiempo puede resultar irreversible. En este contexto, la fiscalidad medioambiental puede plantearse en términos de neutralidad recaudatoria. Es decir, no se trata de gravar más, sino de gravar diferente: gravar aquellas conductas que se desean desincentivar en vez de gravar bienes o servicios que se desean estimular. La prioridad  no debe ser económica, sino medioambiental.

Como decía recientemente Robert Constanza, uno de los mayores referentes en el ámbito de la economía ecológica, el medio ambiente debe considerarse como un activo. Imaginen poder asignar derechos de propiedad a la atmósfera, pero en nombre de la comunidad mundial, no en nombre de los particulares. Y luego, una vez que hemos asignado los derechos de propiedad, estipulamos que cualquier persona que dañe nuestra propiedad ha de pagar por ese daño. Con esos ingresos pagamos un dividendo a todos los beneficiarios, es decir, a los habitantes del plantea. También podemos utilizar los ingresos para mejorar el activo, invirtiendo en energías renovables y otras estrategias que reduzcan las emisiones de carbono.

Esto no es más que una metáfora, claro. Pero a pequeña escala puede lograrse. A lo que quiero llegar es que la economía convencional debe tener en cuenta que vivimos en un planeta finito, con recursos limitados que hay que proteger. Muchas veces, la comunidad internacional, las grandes compañías y hasta los propios consumidores no terminan de reconocer esos límites o piensan que la tecnología puede solucionar cualquier problema de falta o deterioro de recursos.

Generaciones endeudadas

Y es que, hay cosas a las que no se les de la importancia que se merecen. Lo intangible, lo que creemos que no nos afecta. Sin ir más lejos, los productos que compramos tienen en su etiqueta la talla, el material, el país de origen…y el precio. Pero no el precio real que supone para el planeta. ¿Me siguen? El impacto del producto en el medio ambiente a menudo pasa desapercibido. Por ejemplo, cuando compramos un mueble sólo pagamos la madera pero no tenemos el cuenta el coste que supone replantar los árboles. Y así, con todo. ¿Quién lo paga? Ni ustedes, ni yo, sino más bien, las generaciones venideras. Los productos se están vendiendo por debajo de su coste real. Y por ende, nos estamos endeudando ecológicamente hablando.

El coste medioambiental debe considerarse como una nueva dimensión en la teoría de los costes. Los recursos no se consideran aún como activos productivos. No hay más que ver como el producto interno bruto y los indicadores económicos tradicionales no registran la disminución del capital naturaleza cuando aquellos recursos aminoran o se destruyen.

La huella ecológica

A pesar de la delicada situación, vamos viendo algunos progresos. Uno de ellos es de medir la huella ecológica. Hablamos de un indicador ambiental de impacto que ejercen las actividades humanas sobre su entorno.

La huella ecológica se suele medir en hectáreas globales por habitante y año. Es una estimación de la superficie que se necesita para producir los recursos consumidos: la superficie de campos para cultivar los alimentos y la fibra para ropa, la de los pastos para el ganado, la del mar para sostener las capturas de pesca, la de bosque para producir la madera y pulpa, o la utilizada para construir encima ciudades, carreteras o cualquier infraestructura. Eso sí, no quedan contabilizados algunos efectos, como son las contaminaciones del suelo, del agua, y la atmosférica (a excepción del CO2), la erosión, la pérdida de biodiversidad o la degradación del paisaje.

La huella ecológica es un indicador de la sostenibilidad y el riesgo, a nivel global y local. Y no es algo negativo para las empresas. Al contrario. Se está utilizando para ayudar a las compañías a mejorar su previsión de mercado o establecer su dirección estratégica. Al proporcionar una unidad común, la huella ayuda a las empresas a establecer puntos de referencia, establecer objetivos cuantitativos y evaluar alternativas para las actividades futuras.

Los análisis de la huella ecológica revelan, además, las regiones y los sectores industriales donde las empresas se enfrentarán a crecientes limitaciones en recursos como la energía, los bosques, las tierras de cultivo o la pesca. También ayuda a identificar las estrategias para afrontar los retos del futuro de forma responsable.

Y es que, el futuro debe dirigirse hacia la producción sostenible. Esto no sólo puede reducir los costes y los riesgos, también puede determinar una ventaja competitiva en el mercado. Estamos, cada vez más, ante un valor añadido que puede diferenciarnos de la competencia.

Sin duda, es fundamental identificar los aspectos medioambientales y evaluar los efectos asociados a una actividad empresarial o industrial para conocer el impacto medioambiental que generan las actividades, productos o servicios. Sólo así podremos establecer unos objetivos y metas medioambientales. Sólo así podremos seguir avanzando. El momento es ahora.